Por: Alejandra Haukalluk. Hace poco tiempo, ha tenido lugar en nuestra localidad, un hecho lamentable de acoso a menores por parte de un sacerdote de la conocida Iglesia Greco Católica Ucraniana San Pedro y San Pablo de Leandro N. Alem. Hecho que ha ido al correspondiente proceso judicial, pero que, a pesar de eso, no debe quedar en el olvido en la memoria del pueblo.
Sin ánimos de entrar en debate sobre este acontecimiento en particular, la idea de este escrito es poder brindar herramientas a los adultos para la detección de abuso sexual infantil, entendiendo que todo adulto que sospeche de abuso hacia un menor, sea familiar o no, debe indagar y actuar al respecto, siempre priorizando la salud física, psíquica y emocional del menor; también es importante hablar sobre la vulnerabilidad de los niños, niñas y adolescentes frente a estos personajes que usan su posición de poder y confianza ante muchas familias, una posición otorgada por la comunidad a la que pertenecen y que sin embargo la utilizan, muchas veces, para perjudicar a la misma.

Hombres respetados, carismáticos y en un rol bondadoso, estos pedófilos son difíciles de identificar a simple vista, pocas personas imaginarían que alguien que entrega su vida a la Iglesia podría estar perjudicando la vida de otros, y peor aún la vida de menores, que muchas veces no cuentan con las herramientas para expresar lo que ocurre cuando sus adultos de confianza no están junto a ellos.
Estos hombres están en todas partes, en Iglesias, como es el caso que dio pie a este texto, en escuelas, en el barrio y hasta en la misma casa, conviviendo con los niños, niñas y adolescentes, quienes una y otra vez son manoseados tanto física como emocionalmente.
¿Se han imaginado alguna vez viviendo con su abusador? Esto es más común de lo que solemos pensar. Según las últimas estadísticas sobre abuso sexual infantil realizado por el gobierno argentino, en el 75% de los casos el agresor es un familiar, dentro de ese 75%, el 40% es el padre y en el 16% de casos, es el padrastro; el 53% de los casos sucede en la vivienda de la víctima, el 18% en la casa del agresor y el 10% en el domicilio de algún familiar. En su mayoría, los menores abusados sexualmente tienen entre 3 y 4, años y entre 12 y 14 años.
A partir de esta estadística se resalta la importancia de ESI (Educación Sexual Integral) en todas las escuelas, ya que se ha podido constatar que en el último grupo de menores abusados (entre 12 y 14 años), el 75% de los adolescentes ha realizado la denuncia luego de una clase de ESI, debido a que la misma le ha ayudado a identificar ese hecho vivenciado como un abuso sexual.
Ahora bien, pensemos en los niños de nuestra sociedad, en estos tiempos de pandemia que estamos transitando, ¿Cuántos de ellos se encontraran viviendo con su agresor sin tener contacto con nadie por fuera de su círculo familiar? la escuela es una pieza importantísima en los casos de abuso sexual infantil, es ahí donde muchas veces los niños y adolescentes se animan a hablar de sus vivencias, a veces con docentes y otras veces con compañeros, es en la escuela donde suelen encontrar a esa persona que actúa como ellos necesitan, haciendo justicia y defendiendo sus derechos y su integridad.
Por otra parte, la familia también cumple un rol fundamental en las situaciones de abuso sexual infantil, simplemente ocurre que, en gran parte de las familias, existe desconocimiento sobre las señales a las que debemos prestar atención para detectar si hay abuso sexual infantil en los niños, niñas y adolescentes. Por este motivo, hemos tenido una conversación con la Licenciada en Psicología Adriana Kleiner, quien nos cuenta cuales son las actitudes que debemos tener en cuenta para comenzar a indagar si alguien sufre o ha sufrido de abuso sexual.
Adriana Kleiner, Lic. En Psicología, nos dice: “Lo más importante es resaltar que los niños siempre dan indicios. Algunos sutiles y algunos más llamativos. En línea general hay un cambio brusco de la personalidad, que siendo algo en construcción, a veces los padres no se dan cuenta, comentando: “esta raro” o “está cambiando”.
Lo más llamativos tiene que ver con el control de esfínteres, los niños y niñas presentan enuresis (pis) o encopresis (caca), si bien esto puede ser “normal” hasta los 4 o 5 años como accidentes ocasionales, debemos indagar sobre el hecho de que se repita con frecuencia, ya que cuando hablamos de ello como síntoma pasa a ser algo recurrente.
Además, pueden presentar bajo rendimiento escolar, conductas abiertamente sexuales o expresiones de contenido sexual. Lo más importante que podemos hacer es HABLAR, muchas veces como padres tenemos miedo de dar excesiva información y despertar un interés prematuro en el tema, lo que constituye un gran error, un niño que puede crecer hablando sobre sexualidad y encontrando en sus padres las respuestas justas a sus inquietudes, tendrá menos ansiedad al abordar el tema cuando lo requiera.
CREERLE a los niños es fundamental, ellos lo dicen cómo pueden, por eso es importante llamar a los genitales por sus nombres, no pachucha y no pajarito, por ejemplo, entre tantos apodos que se le da a la vagina y al pene. Los nombres correctos ayudan a los niños a poder comunicar si están siendo acosados, ya que en niños o niñas pequeñas que digan: “El abuelo me muestra el pajarito”, no es lo mismo que escucharlos decir: “el abuelo me mostró su pene”.
Algo más que a veces es desconcertante para las familias es que los niños no presentan aversión hacia los abusadores, pero no debemos olvidar, que cuando de niños hablamos, esto puede darse en un contexto de juego o de algún galanteo perverso con regalos especiales, por ejemplo.
Por último, a veces el abuso sexual es manifestado en el dibujo, pueden verse representadas escenas de intimidad sexual. Es muy importante indagar sobre cualquier signo o señal que nos inquiete o llame nuestra atención, y estar muy atentos a todo aquello que sea expresado por los más pequeños”.
Finalizando, es necesario repetir y resaltar que cualquier adulto que tenga conocimiento o sospechas de abuso sexual infantil, debe actuar frente a la justicia, preservando siempre el bienestar físico, psíquico y emocional del menor en cuestión.



