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Columnas

ECHARON AL ÚNICO QUE NO SE CALLABA. QUÉ RARO, ¿NO?

Esta semana nos desayunamos con la noticia. Como si fuera un parte meteorológico más, el Gobierno Provincial le pidió la renuncia a Roque Gervasoni al frente del IMAC.

Así, cortito y al pie. Gracias por los servicios prestados. Hasta acá llegaste.

Podemos decir lo que querramos de Gervasoni. Que es peronista hasta la médula. Que es calentón. Que es terco como mula misionera. Que si te tiene que decir que sos un pelotudo, te lo dice en la cara y no por WhatsApp.

Pero hay algo que no podemos negar, ni yo, ni ustedes, ni los que hoy festejan su salida tomando café en Casa de Gobierno: es un hombre de convicciones firmes. De los que ya no quedan.

Fíjense si no. Hasta para irse tuvo códigos. Agradeció. No lloró. No operó por atrás. No se hizo la víctima en los medios. Agradeció al gobierno por los años al frente del IMAC. Con altura. Con lo que hay que tener.

Y eso, en esta Misiones de hoy, es un pecado capital.

Porque vivimos en un mundo donde vale más ser traicionero, doble cara, alcahuete, obsecuente, callarse la boca para no quedar mal con nadie. Donde el que dice “sí, jefe, lo que usted diga, jefe” asciende. Y el que dice “mire, jefe, esto está mal” lo echan.

Ser firme de convicciones asusta. Molesta. Hace ruido. Y al parecer, eso fue lo que no le gustó al Gobernador. El ruido de alguien que piensa distinto y no se esconde.

¿Raro no? Entonces llegamos a la conclusión más triste de todas: en la política misionera de hoy vale más un falso, un doble cara, un anulador serial, que un tipo que te dice la verdad aunque te duela. Qué mal que estamos señores. Qué mal que estamos.

Les cuento algo personal porque ya saben… no me gusta callarme nada.

Hace algunos años me llamó una madre desesperada de Oberá. Su hijo, electrodependiente, si le cortaban la luz se moría. Literal. No era una metáfora. No podía sobrevivir un día más entre tantos cortes energéticos que sufría la zona. Llamé a todos. A todos. Energía de Misiones, funcionarios, ministros, subsecretarios. Nadie me atendió el teléfono. Todos ocupados. Todos en reunión.

El único que me atendió fue Roque Gervasoni.

No me preguntó de qué partido era el nene. No me pidió plata. No me pidió una foto para Instagram. Me dijo “¿dónde está?” Tenía un generador propio y se lo llevó él mismo a Oberá esa misma noche. Sin prensa. Sin hacer show. Solo para que el nene no se muera.

Después, por nuestro laburo, que ustedes saben, hacemos más de 10 mil kilómetros por mes en la ruta, rompiéndonos el lomo, era al único funcionario provincial que veías en la ruta. Laburando. Con botas. No en una 4×4 con aire y chofer. Contados con los dedos de una mano. Te sobran dedos.

¿Y ahora lo crucificaron por ser peronista? ¿Por no ponerse la camiseta de La Renovación y besar el anillo? Insólito. Ridículo.

Un equipo de fútbol funciona mejor con los que se ponen la camiseta y dejan la vida. Pero parece que acá la camiseta de algunos está tan sucia, tan manchada, tan transpirada de tanto cambiarse de bando, que no soportan al lado a uno que tiene la camiseta limpia y con los colores firmes.

Gervasoni no es amigo mío. No me debe nada. Tampoco creo que nos considere amigos como medio, porque más de una vez le dimos duro. Pero si tengo que elegir en una trinchera con quién quedarme, me quedo con el tipo que juega con la verdad, aunque duela, aunque moleste, aunque no le guste al Gobernador.

Hoy el IMAC no pierde un funcionario. Pierde a un tipo con palabra.

Y el Gobierno no echó a un peronista. Echó al último que se animaba a decir lo que piensa en una mesa donde todos dicen que sí.

Y eso, señores, es peligrosísimo.

Por Quique Ortiz

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